No eres el templo en sí, sino aquello que contiene al Espíritu Santo. Fuiste creado para mostrar a Cristo.
Lo importante no es el templo (tu cuerpo), sino Cristo que habita en ti. Somos una morada del Señor.
Somos seres espirituales que habitamos en cuerpos físicos. Por lo tanto, somos espíritu en un cuerpo, sigues siendo tú, pero completamente transformado por el Señor. Lo verdaderamente importante es lo que encontrarán en ese templo.
Le damos mucha importancia al cuerpo, pero cuando Cristo está en ti y lo muestras, la obra completa de Dios se manifiesta en ti. El templo deja de ser visible porque lo que ven es a Cristo en ti.
Lo mismo que hizo Cristo podemos hacerlo nosotros hoy, ya que participamos del mismo evangelio. La gracia de Dios es la operación de Su poder en cada uno de nosotros. Tal como Pablo describe en Efesios acerca de sí mismo, así podemos vivirlo nosotros hoy.
Entender quién es Dios y cómo opera en cada uno es entender quién habita en nosotros por medio del Espíritu Santo. Es por esto que, a través de la Iglesia, se da a conocer el mundo espiritual. La garantía de que somos espirituales es el Espíritu Santo; sin Él, todo se derrumba y no podemos vivir esta realidad.
La multiforme sabiduría de Dios no pertenece a las iglesias ni a los templos. La multiforme sabiduría de Dios es una sola: Cristo. Somos herederos de este maravilloso poder de Cristo, y las potestades deben someterse a nosotros.
Es crucial entender que podemos entrar en Su presencia. Tu corazón ya no obedece a ti, sino al Espíritu Santo. Fuimos creados para vivir en el Espíritu, no en el templo, y es entonces cuando somos verdaderamente cristianos. Regenerados para obedecer a Dios y no más al cuerpo. El cuerpo se somete al Espíritu Santo para mostrar la gloria de la obra de Cristo.
La certeza de que lo que Él dice se cumplirá es porque Dios ya ha visto todo lo que sucederá y nos habla desde ese conocimiento. Nos da el presente y el futuro. El pasado ya pasó y le pertenece a Él. Por eso, el Antiguo Pacto ya ha pasado, y en él no existía la obligación de tener a Cristo. Nosotros lo tenemos, y por ello, cada uno de nosotros es más grande que Juan el Bautista.
Tenemos una responsabilidad inmensa con este poder que Cristo ha puesto en nosotros por medio de la aflicción de la cruz, siendo templos espirituales como Él.
