En la Iglesia, el diezmo no es un pago ni un servicio; es una expresión de entrega y obediencia. Lo más importante para Dios es el fruto que producimos para Él. Esto requiere vaciarnos de nosotros mismos y permitir que el Espíritu Santo obre en nuestras vidas conforme a Su plan.
Es el Señor quien trae los frutos, no nosotros, y nuestra razón de existir es contribuir al avivamiento.
Debemos vivir con seriedad, eliminando la falta de compromiso y dedicándonos a trabajar para servir a los demás de manera excelente. La Palabra nos advierte en Apocalipsis sobre el peligro de ser tibios, ya que esto implica estar en la Iglesia pero carecer de verdadera entrega. Es fundamental usar los dones que se nos entregan a través del Espíritu Santo.
El diezmo, ofrenda y primicias son para la Iglesia, para lo que hay que comprar, la familia pastoral. Pero aún cumpliendo con estos principios no damos frutos, y sin frutos, no estamos dando nada para Dios.
No debemos trabajar por el dinero, si no para ser libres y para servir a los demás.
La resurrección tiene un poder transformador.
Hechos 2:36-34 nos recuerda que el Señor nos engendra espiritualmente cuando resucitamos con Cristo.
En esta nueva vida, no hay más muerte, porque el poder del Cristo resucitado trasciende tiempo y espacio, y está disponible para todos los que se someten a Él. Aquellos que reciben este poder serán transformados y darán fruto abundante.
¿Qué estoy haciendo para compartir lo que se me ha dado?
Nuestra Fe y Su Propósito
1 Pedro 1:3-9 destaca que nuestra fe es más preciosa que el oro. Todo lo que tenemos de parte de Dios es un regalo gratuito para ser compartido. Si no ponemos a Dios en primer lugar, todo nuestro esfuerzo es en vano. Sin embargo, Dios nos da prioridad y nos llama a dar frutos en abundancia, como lo hicieron los apóstoles con mucho menos de lo que hoy poseemos.
Los apóstoles revolucionaron el mundo por medio de su obediencia y fe con mucho menos de lo que nosotros tenemos hoy en día.
1 Corintios 15:55 enfatiza que tenemos un espíritu vivificante que resucita a otros y da vida. La falta de frutos en nuestras vidas refleja la ausencia del Espíritu Santo, quien es la evidencia de que Cristo está en nosotros.
No podemos esperar a que Cristo venga y escondernos. En lugar de reflejar al hombre caído (Adán), debemos mostrar al hombre celestial, aquel que vivifica y santifica. Debemos vaciarnos de toda carne y sangre propias, permitiendo que otros vean a Cristo en nosotros, la esperanza de vida.
Los primeros frutos que debemos dar son en nuestra familia. Efesios 1:18-19 nos llama a reflejar a Cristo, iluminando los ojos de los demás con entendimiento de Su llamado, Su riqueza en santidad y Su poder a través de la fe.
Esta Iglesia representa el poder alcanzado por el Cristo resucitado. Fuimos llamados para liderar un avivamiento, preparados para recibir a todos los que llegarán sin restricciones ni límites. Debemos ser conscientes de nuestra identidad y aprovechar la oportunidad de vivir en verdad, sanos físicamente y del alma.
Romanos 6:5-11 subraya que, mediante Su muerte y resurrección, Cristo destruyó el pecado y nos dio vida para la santidad. Al negarnos a nosotros mismos, vivimos plenamente en la cruz.
Cuando otros sienten la presencia de Cristo a través de nosotros, se encuentran con Su poder transformador. Es un llamado a evitar el “profitar”, es decir, aprovecharse del Señor sin dar nada a cambio.
Nuestra vida debe reflejar una entrega total y un compromiso genuino para compartir Su amor y poder con todos.
