Sin resurrección no hay victoria. Por eso es tan importante celebrar la resurrección, y no quedarnos solo en la muerte de Cristo… ¡Él resucitó!
Ese día marcó tu vida, y gracias a Él, vas a vivir eternamente.
La muerte paga los pecados, y sí, es necesaria: vence el pecado. Pero después de eso… hay algo más.
Juan 11:23
Vamos a vivir eternamente; no vamos a morir.
La resurrección es la victoria más grande, el día más importante de este mundo.
Juan 6:48-69
La cruz cuenta, pero Él habla también de Su resurrección.
Comer Su carne y beber Su sangre es permanecer en Cristo.
La gloria del cristiano, el objetivo, es que Cristo viva en uno.
Cuando Él se muestra a través de ti, entonces realmente vives.
Dame esa vida eterna, vive en mí. Quiero permanecer en Ti.
Esa es tu victoria, y debes celebrarla, creerla.
Lo importante es creer, estar con Jesucristo y participar de Su resurrección.
Cuando no participamos de ella, lo entregamos, y con eso estamos entregando nuestras almas al enemigo.
No se trata solo de dar gracias por Su muerte, sino también de participar de Su vida eterna, permitiéndole permanecer en nosotros, enseñándonos la rectitud y el poder de Su vida.
Vencer el pecado: esa fue Su victoria.
¿Por qué vamos al Señor solo en medio de la aflicción?
Debemos vivir en victoria cada día, en todo momento.
Él tiene palabras de vida eterna: en Su hablar, en Su Rhema, en el tiempo que dedicas a escucharlo.
Juan 19:38–42 / Juan 20:1–29
Aquellos que vivieron con Cristo, sin el Espíritu Santo, no tenían el entendimiento completo.
Pero cuando llega el día de Su resurrección, ven y creen en lo que Jesús ya les había hablado mientras compartían con Él.
Cuando Cristo habla, entrega amor, y María lo reconoce al sentir ese amor. Esa forma de hablar, de darse a cada uno de nosotros, deja claro que es Él: resucitado, entregando la victoria por la cual vino como hombre, murió en la cruz y resucitó.
Él entrega paz: quita el temor, da perdón y vida nueva.
Nos permite ver el poder de Su amor y entender que ya no morimos, porque ahora somos partícipes de Su resurrección.
Es un honor que Jesús, Dios y el Espíritu Santo vengan a estar con nosotros cuando se lo pedimos.
Dios nos entrega Su poder para dar paz a otros.
Para perdonar pecados, sanar, y que así otros puedan vivir la salvación, la rectitud, y pasar tiempo con Dios, escuchando al Espíritu Santo.
Nos envía a dar aquello que recibimos: esa paz que da salvación.
