Por Fe Vivimos en El Reposo de Dios

Una Iglesia lista en tiempos de necesidad

Necesitamos ser una Iglesia que pueda recibir a las personas necesitadas que llegarán en este tiempo de hecatombe. Es momento de ponernos las pilas, vivir con el Espíritu Santo y estar preparados.

Una vida de comunicación con el Espíritu

“Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos.”
(Salmo 122)

Debemos dejar de vivir una vida religiosa y llena de culpas, para abrazar una vida con un cable directo de comunicación con el Espíritu Santo.
No se trata de quedar atrapados en la culpa después de pecar, sino de aprender a escuchar continuamente al Espíritu, quien nos guía hacia libertad y crecimiento.

El peligro de un corazón duro

“Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.”
(Hebreos 3:7-19)

Dios no insiste en hablar con alguien que no quiere hablar con Él.
Nuestro corazón fue creado para tener comunicación con su Creador, no para andar vagando.

Si no hablas con el Espíritu Santo:

  • tu fe no crecerá,

  • tu corazón se endurecerá,

  • y la incredulidad te apartará.

El peor pecado no es rebelarse, sino ignorar al Espíritu Santo.

Recordemos: la generación liberada de Egipto murió en el desierto. Solo sus descendientes entraron a la tierra prometida, porque fueron quienes oyeron y obedecieron al Señor, viendo los milagros y el ejemplo de Moisés comunicándose con el Espíritu.

Vivir como Cristo

“Vosotros no habéis aprendido así a Cristo.”
(Efesios 4:20-32)

Si has oído, serás enseñado. El llamado es a vivir como Cristo, que se entregó por todos para que tengamos vida según el Espíritu.

Podemos ser santos y rectos. El Espíritu Santo ya nos lo está entregando todo: somos su templo.

Es triste escuchar cómo a muchos se les enseña que no pueden ser santos, achicando el evangelio. Pero fuimos creados para una comunicación constante con el Espíritu Santo y para vivir en su poder, fuerza y rectitud.

Un llamado a obedecer

Muy poca gente habla realmente con Dios, porque Él no obliga ni fuerza. Depende de nosotros entregar amor, disposición y renuncia.

La misericordia de Dios no es indefinida: busquemos mientras pueda ser hallado.

Cristo mismo hizo todo por obediencia al Espíritu Santo. Si Él escuchó y obedeció, ¡cuánto más nosotros!

El evangelio poderoso

“Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales.”
(Romanos 8:11)

El evangelio es poderoso, pero también exige mucho.

En Getsemaní, Jesús oró tres veces. La tercera vez, un ángel fue enviado a consolarlo, y Él salió con gozo hacia lo que venía.
Así también nosotros: debemos orar hasta ser consolados. Tal vez la respuesta no sea lo que esperamos, pero siempre habrá consuelo, guía, apoyo y poder para la rectitud.

El Espíritu Santo se manifiesta donde es amado y tratado como persona, no como herramienta.

El fruto del Espíritu

“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.”
(Gálatas 5:22-23)

El Espíritu Santo nos revela el corazón de Jesús y del Padre.
Esto nos da certeza: hemos sido llamados, perdonados y sellados.
Todo por gracia inmerecida y por el amor infinito de Dios.

Guiados por el Espíritu

“Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.”
(Juan 16:12-15)

El Espíritu Santo nos guía con lo que el Padre le dice, y cuando obedecemos, Él glorifica al Padre y al Hijo en nosotros.

La Iglesia que sana y restaura

“Misericordia quiero, y no sacrificio; porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.”
(Mateo 9:9-13)

Toda enfermedad física y psicológica puede ser sanada, toda adicción puede ser vencida.
Pero como Iglesia necesitamos salir de la comodidad y entregar paz a un mundo que sufre sin respuestas.

Tenemos la solución, porque Dios tiene la solución.
Si buscamos la necesidad de las personas, las encontraremos.

Seamos una Iglesia que sana, que ora, que se atreve a obedecer al Espíritu Santo.
Llamados a mostrar a Cristo al mundo.