La vida en el Espíritu: comunión y eternidad
Efesios 2:4-10
Cristo murió para perdonarnos nuestros pecados, y en Él fuimos resucitados. El Espíritu Santo es el intermediario en nuestra relación con Dios y quien hace la obra en nosotros.
Por medio de Cristo ya ascendimos a los lugares celestiales. Allí es donde debemos permanecer para relacionarnos con el Padre y disfrutar de Su amor. Practicar la ascensión nos lleva a vivir en el Reino de los cielos, anticipando la vida verdadera.
1 Juan 5:3-5
El fruto de la fe, obra del Espíritu Santo, es nuestra victoria. Esa fe poderosa vence al mundo, nos libra del pecado y nos capacita para llevar una vida recta. Quien cree y busca cada día un encuentro con el Señor, participa de Su victoria.
Mateo 3:11
El Espíritu Santo es fuego que refina y purifica, como el oro en el crisol.
Hechos 2:1-4
Pentecostés fue el momento en que el mundo recibió el mayor regalo que Cristo dejó: el Espíritu Santo, aquel que hizo santa y milagrosa Su obra. Ahora somos coherederos de esa herencia, llamados a continuar Su obra.
No podemos cumplir la voluntad de Dios por nuestras fuerzas. Necesitamos el poder del Espíritu, vivir pendientes de Él, como Cristo nos enseñó.
El Espíritu Santo es como respirar: no siempre lo haces conscientemente, pero tu vida depende de ello. Así también, nuestra vida depende del Espíritu, que nos da continuidad hacia la eternidad. Él es el sello y la garantía de la vida eterna.
Santiago 1:22-26
Cuando hacemos la Palabra —tanto logos como rhema— somos bienaventurados y damos fruto. Vivir con la mirada en la eternidad nos da paz, no una felicidad pasajera, sino la certeza de que Dios existe y de Su Reino eterno.
Proverbios 4:20-27
Debemos cuidar nuestro corazón, nuestra vida eterna y nuestra vida presente. La obediencia a Dios atrae Su presencia. La amistad con el Espíritu Santo no se obtiene por esfuerzo, sino por rendición total. Esa rendición es activa: escuchar y obedecer Su rhema siempre producirá fruto abundante.
Romanos 8:23-27
El Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles, orando lo que ni siquiera sabemos pedir. Él ordena nuestra vida y nos alinea con la voluntad del Padre. Lo que perdemos por seguir a Cristo no se compara con lo que Él nos da: una vida limpia y recta.
La verdadera comunión con el Espíritu Santo es un tesoro que vence al mundo. Es el diseño de Dios: que Su Espíritu habite en nosotros como un fuego que nunca se apaga. Esa comunión es el inicio de una eternidad que se perfeccionará en el Reino de los cielos, junto al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Vivir así es conversar con Él, cantar para Él e intimar en Su presencia. Y entonces, Su Reino empieza a manifestarse en nosotros.
