A Pablo no le enseñó hombre, sino el Espíritu Santo.
Debiéramos tener esa comunión con el Espíritu, teniendo el interés y el amor que Pablo tuvo por Dios.
1 Corintios 2:6–12
La madurez la da Dios, por medio del Espíritu.
El Poder de Dios tiene autoridad y orden. La victoria total es en la crucifixión.
Querer ser santo como Cristo es santo; por ese amor el Espíritu lo ayudó y ganó la santidad para cada uno de nosotros. Vivir en aquello que nos va mostrando el Espíritu Santo día a día.
Cuando no alcanzamos la madurez en el Espíritu Santo, crucificamos a Cristo sin entender el Poder de Dios.
Recibimos el Espíritu Santo para entender el Poder de Dios, vivirlo en nuestras vidas, abrazar el propósito y las obras que tiene para nosotros, y dejar de respirar solo para subsistir, sino vivir una vida llena de Su Poder.
Romanos 12:1–3
Aquello que podemos entregarle a Dios es un cuerpo que vive haciendo lo que dice el Espíritu Santo, sin caer en pecado.
Un cuerpo transfigurado por el poder del Espíritu Santo.
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”
— Romanos 12:2
Entender las cosas como Cristo.
No creerse listo jamás. Pensar de uno con cordura y vivir la fe dada por Dios.
Gálatas 1:6–24 — 2:1–10
Cuando agradas a Dios, el Espíritu Santo manifiesta la gloria y manifestación de Cristo.
Esta prédica es una invitación a entender que podemos ser enseñados de forma directa por el Espíritu Santo.
Cuando tenemos ese evangelio poderoso, no nos hace falta nadie más.
El agua que nos transfigura, transforma, para ser parte del Reino.
