Comienza la Victoria

Debes dejar que tu mente escuche a tu corazón, donde habita el Espíritu Santo, y permitir que se cumpla la obra que Dios tiene para ti.

 

Confía en lo que Él quiere para tu vida, dejando de lado tu propio yo, y mostrando un amor que no puedes imaginar. Este es el Nuevo Pacto: nuestra parte es vivir una vida llena de Su gloria; Su parte es manifestar Su amor y Su obra en nosotros. ¿Realmente puede ser difícil abrazar algo tan maravilloso?

 

Somos nuevas criaturas, hijos de Dios, iguales a Jesucristo. Un espíritu dispuesto a escuchar y obedecer a Dios, con el Espíritu Santo actuando con el poder de nuestro Padre. Jesús vino como hombre para entregarnos todo lo que Él es:

Vino como uno de nosotros, sintiendo lo mismo que nosotros, pero Cristo lloró y rogó por la obediencia, por la santidad. Esa debe ser también nuestra oración, y está escrito para que vivamos como Él vivió.

No podemos seguir tomando a la ligera nuestro pecado, simplemente pidiendo perdón con la intención de no pecar más. Debemos acudir a aquel que puede librarnos de la muerte, y con ello, del pecado. Él nos enseña cómo orar para apartarnos del mal.

 

El Espíritu Santo escuchó la oración de Jesús debido a su temor reverente. En esa comunión y amor constante con el Espíritu, Cristo aprendió la obediencia. ¡Y nos enseña cómo aprender la obediencia!

Todo lo que debe suceder en nuestras vidas comienza a ocurrir, y somos perfeccionados, porque Cristo lo vivió primero, como el autor de esta promesa.

 

El Nuevo Pacto lo establece Dios, y Jesucristo es el intermediario y el que convierte este pacto en un testamento. Con su muerte, Él nos entrega esa herencia prometida. Es entonces cuando morimos a nuestro viejo ser, pero resucitamos con el Espíritu Santo en nosotros, quien garantiza que podremos vivir esta herencia. Fuimos perdonados, y ya no hay más ofrenda por el pecado, sino plena libertad para entrar al lugar santísimo. Es ahí donde se encuentra la relación íntima y el poder de Dios, con el secreto de la santidad.