Toma de posición y oído ejercitado
La política no es paralela a la fe. Un día Dios separará cabras de ovejas; debemos estar del lado que le corresponde a Su pueblo (Mt 25:31-33).
Aun reconociendo que en la historia la derecha ha cometido abusos, sus valores suelen ser más cercanos a los de Dios; en cambio, la izquierda, sin límites ni reverencia a Dios, se opone a ellos.
El primer “socialista” fue Judas: guardó la bolsa, habló de los pobres, pero traicionó a Cristo (Jn 12:4-6).
No podemos quedarnos en la tibieza del medio (Ap 3:15-16). Seremos probados y perseguidos; definámonos ahora.
Oír para obedecer
La apostasía de nuestro corazón nace de no ser ejercitados en escuchar al Espíritu Santo (Heb 5:11-14).
Sin su voz ni siquiera podemos entender la diferencia entre lo bueno y lo malo: vivimos en falta de entendimiento.
Dios habla cuando lo escuchamos, perdonamos y recibimos perdón de acuerdo a su guía. Renunciamos a lo que antes nos dominaba, y entonces Él nos habla.
Ejercitemos nuestro oído, y que nuestro mayor esfuerzo sea oírlo.
No viviendo mi vida como quiero o me gusta, sino como corresponde: como Dios dice.
“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Sal 46:10).
La voz de Dios llega como un susurro a un corazón sincero (1 R 19:12).
Vivir con Él es tomarlo en cuenta; si no, por mucho que lo tengas en ti, no estás viviendo con Él.
Debes aprender a reconocer Su voz para poder hacer Su voluntad (Jn 10:27).
Apagamos al Espíritu Santo cuando no lo escuchamos (1 Tes 5:19).
Cultiva una vida de comunión con el Espíritu: Él es el consolador, tu amigo y guía. Está contigo día y noche.
Pregúntale y abre tu corazón para tu gran amor eterno.
Hay una gran diferencia entre trabajar para Dios y trabajar con Dios.
El pecado es una barrera para oír a Dios, como también el no perdonar (Mt 6:14-15).
En la ministración, Dios nos pide arrepentirnos de los pecados, perdonar, y entonces se manifiesta.
“La fe es fundamental para vivir al Señor” (Heb 11:6).
¿Qué has hecho para que no te abandone?
¿Dónde está tu primer amor? (Ap 2:4).
Cristo fue santo porque pidió llorando no caer, y el Espíritu realizó ese milagro en Él (Heb 5:7-9).
Y eso es ser como Cristo: tener ese anhelo, rogar con esa desesperación y vivir con Su Espíritu la santificación y el milagro de Su propósito en nuestras vidas.
“Seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura” (Ef 3:18).
Debemos conocer esa cuarta dimensión: Su Reino.
Vive atento a qué monte estás subiendo, no vaya a ser que cuando llegues a la cima descubras que no era donde te correspondía estar.
Lo que abre el cielo es la calidez de un corazón sincero, que busca hacer lo recto.
Su voz es apenas un susurro directo a tu corazón, que solo puedes oír cuando calmas tu mente.
Donde Dios nos habla, enseña y guía.
Calla tu mente y quédate quieto (Sal 46:10).
La obediencia al Espíritu Santo no quita tu libertad; al contrario, te conduce a la verdadera libertad (Jn 8:31-36).
Lo que el mundo llama libertad es libertinaje, esclavitud, cadenas que atan a tu alma sin que lo notes.
Cuando obedeces, tienes acceso a una libertad que no depende de las circunstancias, que resiste toda prueba y no se rompe con el dolor.
Se sostiene en la buena voluntad de Dios: siempre buena, agradable y perfecta (Ro 12:2).
Cuando Cristo ascendió a los cielos, nos hizo partícipes no solo de Su crucifixión, sino también de Su ascenso a los reinos celestiales.
Subimos junto con Él, teniendo entrada y libertad de sentarnos junto al Padre, el Hijo y el Espíritu (Ef 2:4-7).
Fuimos creados para hacer las cosas bien, aquellas que el Espíritu Santo nos habla.
“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef 2:10).
¿Cómo vas a andar en ellas si no escuchas al Espíritu Santo?
Ejercita la intimidad y vive una vida maravillosa, como la vivió Cristo.
Dios te va a preguntar y va a juzgar tus obras, no cuántas veces fuiste a la iglesia (2 Co 5:10).
Es tener una motivación, dejar el pecado, preguntarle qué falta, caminar y avanzar más profundo.
Las actitudes no solo son de educación y respeto, sino también de los detalles.
Entrena tu oído espiritual. Vive definido, sin tibieza. Sé sincero de corazón, y el Espíritu Santo te guiará en la verdadera libertad.
