Como Vencer al Enemigo y Dar Frutos

Estamos en un momento en el que el Señor está actuando, y si hay disposición en nuestro corazón, Dios hará lo que necesitamos para florecer y fructificar. Todos tenemos acceso al Espíritu Santo, y no tenemos excusa; se manifiesta en todo aquel que está dispuesto a permitirlo.

 

Estamos en una guerra espiritual, y en toda guerra hay caídos, traidores y victoriosos. La victoria se obtiene siendo parte activa del cuerpo de Cristo. Somos un ejército y debemos ser fuertes como cuerpo y unidad en el poder del Espíritu Santo.

Si tenemos a Dios, tenemos todo. Por lo tanto, nunca nos coloquemos en primer lugar, teniendo cada uno una humildad total; debemos dar a los demás aquello que recibimos de gracia, un regalo. Cristo vino como hombre, como uno de nosotros, y nos dio el ejemplo: podemos tener el mismo sentir que Él y actuar como Él actúa. Debemos ocupar el lugar que nos corresponde, tomando el poder que se nos ha dado.

 

El sentir de Cristo Jesús fue despojarse de todo lo que Dios le había dado, para mostrar a Dios mismo. Asumir la obediencia hasta la muerte. Las personas no se encuentran con nosotros, sino con Cristo en nosotros, para que haya un cambio y una transformación.

 

Obedecer es un acto de voluntad; se dice una vez y se hace. Debemos trabajar en esa obediencia, en la oración y escuchar de forma permanente a Dios con un corazón dispuesto a hacer de forma inmediata.

Debemos renunciar a la soberbia. Esta surge del sufrimiento sin Dios, donde el enemigo te da su espíritu. Los problemas se superan con Cristo; sin Él, la soberbia toma raíz en el sufrimiento.

Tomemos nuestra cruz y hagamos nuestra Su muerte. La Cruz no es solo un momento histórico o un sacrificio; es la victoria de Cristo sobre nuestros pecados. La muerte que era para nosotros nos da Su vida eterna.

 

No podemos seguir andando como muertos cuando somos partícipes de esta resurrección, vivos con todo Su poder. La maravilla de Su Cruz nos hace partícipes, y debemos comprender y asumir el peso de aquello que tenemos en nuestras manos. Tenemos la oportunidad de practicar, ejercitar y obtener Su obediencia.

 

No podemos vivir una vida escasa y miserable, sin dar frutos. Dios nos creó para ser fructíferos y eternos. El secreto para esto es renunciar a nosotros mismos y permitir que Su presencia se manifieste. Esta Iglesia es para conocer a Cristo, no al pastor, ni a una religión, sino a Cristo mismo. Lo tenemos disponible cada día.

 

La mayor lucha de nuestras vidas no es contra el mundo, sino contra nosotros mismos. Jesús es la obediencia misma; vivió para ser obediente. ¿Quién mejor que Él para enseñarnos lo que tanto necesitamos y contra lo que tanto luchamos? Vivamos libres de todo temor, respaldados constantemente por Su presencia. Es la gracia de tener a Dios con nosotros.

 

El problema principal radica en que no conocemos verdaderamente a Dios. Cada herramienta que nos da el Espíritu Santo es para derribar nuestro ego y nuestra soberbia, y así conocerlo plenamente. Que nuestro conocimiento se transforme en confianza, y esta confianza en obediencia y amor.

 

Son nuestros argumentos y desobediencia los que nos alejan y nos condenan. El mayor orgullo de la sociedad es querer vivir sin Dios. Quienes orquestan contra la humanidad, quienes viven sin valores y matan por placer, están viviendo sin Dios. Este es el mayor defecto y error, viviendo derrota tras derrota.

 

Nos enfrentamos a un enemigo poderoso, y nuestras armas solo son efectivas en obediencia y relación con Dios. Dios maneja la situación bajo Su protección, la protección del Rey de reyes y Señor de señores. Las personas que Dios, por Su Espíritu Santo, designa para ejercer autoridad lo hacen en obediencia.

 

Nuestra fortaleza está en el poder de Dios y en Su armadura. La Palabra con la que nos defendemos y atacamos al enemigo es la Palabra de Dios, pero no sólo el logos, sino el rhema. Debemos aprender a escuchar al Señor para vencer, con oración y súplicas en el Espíritu Santo. Aquí se ve la importancia de ser regenerados y nacer de nuevo.

Un corazón dispuesto a ser obediente en todo momento, con perseverancia, orando unos por otros y viviendo en santidad. Todo el poder de Dios en nosotros comienza haciéndonos santos, para luego dar vida y santidad. Esta es la verdad absoluta, actuando en toda persona en todo tiempo.

 

La plenitud es todo el poder de Cristo. Y somos la plenitud de Cristo, ya que Él viene en persona a hacer Su obra. Nos pide humildad porque somos personas, no animales. No nos promete eliminar las dificultades, pero sí enseñarnos a enfrentarlas y vencerlas, incluso la muerte y el pecado.

 

Al unirnos con Cristo, obedecemos y vivimos sin temor. Todo lo que hizo Cristo fue para salvarnos. Si obedecemos, no hay nada en nuestra contra. Solo nosotros mismos podemos separarnos del amor de Cristo cuando no obedecemos o no pasamos tiempo con Dios. Al renunciar a nuestra vida, somos más que vencedores.

 

Cuando no tenemos al Espíritu Santo, los enemigos espirituales no nos reconocen. No somos nosotros los conocidos, sino el Espíritu Santo en nosotros. Por eso, debemos vivir regenerados, en santidad y en obediencia, para manifestar el poder y la vida de Cristo en nosotros.