El Quebranto del Alma Libera el Poder del Espíritu 

Hay una fuerza de Dios que mueve la naturaleza, incluso en lo más mínimo y cotidiano. Un ejemplo de ello está en el cuesco de un durazno. Es casi imposible quebrar un cuesco sin la ayuda de un martillo. Sin embargo, cuando se siembra y se deja que siga su proceso natural, el cuesco se quebranta por sí solo, permitiendo que la semilla brote, crezca, y dé frutos en el futuro árbol.

 

Nosotros somos como ese cuesco, imposible de quebrar con la fuerza humana. Pero Dios, con Su Poder, nos quebranta, permitiendo que una obra maravillosa se realice en nosotros, lo cual dará frutos para Su Reino.

 

Cristo quebranta nuestra alma, nuestra mente y nuestro cuerpo. La carne, que nos lleva al pecado, es quebrantada por Su poder. Es la destrucción de nuestra propia voluntad, permitiendo que el Espíritu actúe, y que Su Poder fluya a través de nosotros, produciendo el fruto de Su obra: la vida y el Espíritu del Señor Jesús manifestándose libremente en cada uno de nosotros.