Isaías 60:1-3 nos anuncia que naceremos de nuevo. Cristo en nosotros es la esperanza de gloria en este mundo. Somos escogidos para reflejar Su resplandor y Su gloria, para que vean a Cristo en nosotros y podamos ser guías para las naciones, ya no más carnales, sino espirituales.
Es un honor que Dios nos da al colocar a Jesucristo en nosotros, para que Él hable y se muestre a través de nosotros. La única manera de sanar verdaderamente, de dar luz y vida, es que otros no se encuentren con nosotros, sino con Cristo.
Isaías 27 nos habla sobre cómo Dios trabaja en nosotros con dolor. El encuentro con Cristo no es fácil, pues sufrimos lo que significa nacer de nuevo. Pero quien nace en nosotros es Cristo, nuestro Salvador.
En Mateo 11:25-30, Jesús nos dice que aquellos que son como niños, con un corazón humilde, son los que entrarán al cielo. Vivimos en un acceso directo al Señor, y en una relación íntima con Cristo que se nos revela. No hay otra manera de conocerle. Para seguir a Cristo, debemos aprender de Él: ser humildes, descansar en el Señor, y entender que no es difícil seguirle en obediencia; solo nuestra desobediencia lo complica.
Es momento de botar el narcisismo, abrir las ventanas y ver el sufrimiento de los demás, dejando de mirarse constantemente en el espejo. Debemos ser capaces de ver más allá de nuestras propias dificultades y enfocarnos en las necesidades de quienes nos rodean.
En Juan 1:1-5 pasando tiempo con Cristo nos unimos a Él y todo porque Él quiso que lo conociéramos. No hay nada que hayamos hecho para merecerlo. Si queremos vivir, debemos vivir en Cristo, no en nuestra propia vida.
Es tiempo de levantarnos y resplandecer, dejando de justificar nuestra miseria. Como nos dice Romanos 8:16, cuando no estamos actuando con poder, debemos preguntarnos: ¿dónde quedó Jesucristo? Es Él quien mueve la carreta, y debemos pasar tiempo con Él y morir a nosotros mismos.
Juan 8:12-19 nos llama a dejar de quejarnos y levantarnos para resplandecer. La relación con Cristo no puede ser solo de palabras; debemos sentirlo, abrazarlo y vivirlo. Darlo todo para tener una verdadera relación con Cristo, ser transformados por Él y vivir con un amor profundo por Su presencia.
El conocer al Cristo resucitado nos permite mostrarlo en cualquier momento y lugar, con seguridad y valentía. Como dice Mateo 5:14-16 y Juan 17:1-5, debemos dejar de quejarnos y ver la vida llena y rica que tenemos en Cristo. Mostramos Su luz, damos frutos y realizamos obras, no por marketing ni para nosotros mismos, sino para el Padre, por amor y con luz y gracia.
Que el enemigo no tenga lugar en nuestras vidas, pues Cristo vive en nosotros. Al entrar al lugar santísimo, encontramos a Cristo y al Padre, y a través de nosotros derrotan al enemigo. Todo esto se da a conocer por el poder del Espíritu Santo y la relación que tenemos con Cristo.
Como una familia, todos teniendo a Cristo, somos uno. Él es quien nos une, y si no tienes a Cristo, enfermas al cuerpo y no puedes avanzar como debería. No hay excusa para vivir en mediocridad. Debemos mostrar al mundo que Cristo es el Enviado, el Mesías, el Salvador, y que Él vive en nosotros. Que otros vean en nosotros la maravilla que nos ha dado.
El Espíritu Santo colocó una semilla en María y formó a Jesucristo en ella. Esa misma semilla se coloca en cada uno de nosotros, formando a Cristo dentro nuestro, la esperanza del mundo.
Como nos dice el Salmo 27: “Dios es mi luz y mi salvación.” Somos luz y salvación porque Abba Padre, nuestro papito, lo ha colocado en nosotros.
