La intercesión en el corazón de Cristo

Muchas veces, al orar, no entendemos que para que el poder de Dios sane a otro, nuestro corazón debe reflejar el corazón de Cristo. Cada vez que Jesús oraba por alguien, lo hacía con amor y misericordia. Él sentía compasión por quienes sufrían y se conmovía profundamente en su espíritu.

 

Orar con amor y misericordia

La verdadera intercesión nace de la empatía. Sentir el dolor y la lucha que enfrenta otra persona, ya sea por enfermedad, aflicción o cualquier otra carga, nos permite orar con el mismo amor que movía a Cristo.

Jesús no solo oraba, sino que también se conmovía y sanaba a los demás. Su amor lo llevaba a ponerse en el lugar del necesitado. De la misma manera, debemos orar con un corazón sincero, identificándonos con quienes necesitan nuestra intercesión.

Aquí, Jesús expresa a sus discípulos la importancia de orar con poder, desde un corazón genuino y rendido a Dios.

 

Un corazón dispuesto a interceder

Podemos estar espiritualmente dispuestos a orar, pero nuestra carne es débil y muchas veces nos impide sentir junto a aquellos que necesitan nuestra intercesión. Debemos aprender a orar con amor, entendiendo que la persona por la que intercedemos necesita ser liberada y encontrarse con Cristo, rindiéndose a Su voluntad.

Dios busca en nuestro corazón el reflejo del corazón de Cristo.

Muchas veces oramos por otros, o incluso por nuestras propias necesidades, y no vemos respuestas inmediatas. En esos momentos, debemos recordar que el plan de Dios es perfecto y que Él está trabajando en cada situación según Su propósito. Lo más importante es interceder y orar con fidelidad, sin caer en el pecado de la incredulidad.

“Cristo no respalda una oración si no está llena de Su amor y dirigida por el Espíritu Santo.”

 

Cristo, nuestro intercesor eterno

Jesucristo no solo nos salvó, sino que también intercede constantemente por nosotros. Él nos cuida, nos sostiene y vela por nuestro bienestar.

“Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.”
— Hebreos 7:25

Entrar en la presencia de Dios y pasar tiempo con Él transforma nuestra intercesión en algo personal. Nos llena de Su amor, permitiéndonos experimentar Su compasión y compartirla con otros.

Sin amor, nuestra oración es solo un ruido vacío ante el Señor.

Jesús murió y se entregó para sanar, liberar y hacer la obra en cada persona. Sin embargo, muchas veces tomamos con ligereza la responsabilidad de orar por otros, convirtiéndolo en un acto mecánico. El verdadero amor se entrega por los demás, tal como lo hizo Cristo.

“Un nuevo mandamiento os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.”
— Juan 13:34

 

Orar en el Espíritu

“Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.”
— Romanos 8:26

El Espíritu Santo intercede en nosotros, por nosotros y nos edifica. Muchas veces no sabemos qué pedir ni cómo hacerlo, pero Él ora y nos guía conforme a la voluntad de Dios.

No debemos orar desde nuestra carne, sino permitir que el Espíritu nos conduzca con amor y misericordia, dejando que interceda por nosotros mismos para crecer en aquello que ni siquiera podríamos imaginar que Dios quiere para nosotros y los que nos rodean.

Cuando Dios nos habla y estamos dispuestos a obedecer, Él nos protege. Vemos esto en la vida del apóstol Pablo:

“Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida.”
— 2 Corintios 1:8

Pablo enfrentaba peligro de muerte, pero fue librado gracias a la intercesión de muchos. Él agradecía a los que oraron con amor por su vida.

 

Orar con fe y rectitud

“¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas.”
— Santiago 5:13

No podemos tener una oración de fe sin una relación con Cristo, el autor y consumador de la fe. Cuando nuestro corazón está alineado con Dios, nuestras oraciones tienen propósito y poder.

La clave es una relación basada en fidelidad, amor, dependencia y rendición total a Dios. Así como Cristo se rindió al Padre, nosotros debemos rendirnos a Él, confiando plenamente en Su voluntad.

Jesús tomó sobre sí la copa de ira que nos correspondía, experimentando la separación de Dios para que nosotros pudiéramos ser reconciliados con Él.

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.”
— Hebreos 4:15

Tenemos acceso a Su sabiduría y socorro para vivir en santidad.

Cristo vino a enseñarnos cómo orar y nos dejó un ejemplo de fe y dependencia total del Padre.

 

Dios escucha la oración del justo

“Os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios.”
— Romanos 15:30

“Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal.”
— 1 Pedro 3:12

Dios atiende la oración de quienes viven en santidad y obediencia. Si buscamos primero Su voluntad y luego intercedemos con un corazón puro, nuestras oraciones serán escuchadas.

Cristo intercede por nosotros y actúa cuando oramos conforme a Su corazón.