Jesús murió para perdonarnos y darnos la capacidad de vivir en santidad.
No es un Dios sádico que quiere que vivamos bajo culpa constante o en atrocidades repetidas. Él vino para hacernos libres y santos por medio de Su Espíritu.
La Santidad de Dios y el peso de Su presencia
Isaías 6:1-8
En la visión de Isaías, los serafines, con seis alas, cubrían su rostro y sus pies, y volaban. Ellos glorificaban a Dios diciendo: “Santo, Santo, Santo”.
En la cultura hebrea, repetir algo una vez ya era enfático. Repetirlo tres veces es declarar algo absoluto. La santidad es el único atributo de Dios que se enfatiza de esa forma.
Isaías fue confrontado por su pecado, y sus labios fueron purificados con un carbón encendido. Hubo un costo real por su pecado.
Hoy, nosotros somos purificados por la sangre de Cristo, pero muchas veces ni siquiera sentimos el peso de Su presencia, ni el arrepentimiento por nuestras palabras, decisiones o formas de vivir.
Hemos diluido la gloria de Dios y tomado Su gracia como algo cotidiano.
Ya no nos arde la boca, pero Cristo pagó con Su vida para que no tuviéramos que pasar por ese fuego. Eso no es algo que debamos tomar a la ligera.
El llamado a vivir en santidad
1 Pedro 1:10-16
Como Iglesia de Cristo —más allá de denominaciones— debemos recuperar el temor reverente y el peso del Espíritu Santo en nuestras vidas.
Porque sin santidad, nadie verá al Señor.
No podemos seguir viviendo en ignorancia voluntaria. Todo en nuestra vida —lo que pensamos, hablamos y hacemos— debe estar sometido a la santidad de Dios.
Cuando tomamos el Evangelio con seriedad, y el Espíritu Santo habita en nosotros, Su santidad se manifiesta con poder, amor y verdad.
El Evangelio es potente, porque Dios es santo, y nos llama a vivir como tales.
No abuses de Su gracia
Hebreos 12:12-17
La gracia no es barata. Se alcanza y se valora.
Muchos viven amargados, sin recibir la gracia de Dios, y esa amargura afecta no solo su vida, sino a toda su familia. Contamina.
En cambio, el Reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.
Es necesario comprender la mente de Dios y vivir según Su propósito: en santidad.
Una vida íntima con Dios
Santiago 4:5-10
Todas las religiones oran. Pero ¿qué diferencia nuestra oración?
La diferencia es que el Espíritu Santo nos anhela. Él quiere una relación íntima y real contigo.
No basta con orar mecánicamente: hay que pasar tiempo con Él, entender Su amor, y permitir que nos transforme.
No podemos seguir pecando con liviandad, pensando que la sangre de Cristo lo cubre todo sin consecuencia.
Todo tiene un límite. Dios debe ser nuestra prioridad, el centro de todo.
Él ya nos ha puesto en primer lugar, ahora nos llama a hacer lo mismo con Él.
“Acérquense a Dios y Él se acercará a ustedes.”
La iniciativa comienza contigo. Y cuando lo haces, Él viene y vive en ti.
El Espíritu Santo nos capacita para vencer el pecado
Romanos 8:12-17
Debemos tomar conciencia de con quién estamos tratando: no es cualquier Dios, es el Santo, el Altísimo.
Solo por medio del Espíritu Santo podemos vivir en victoria, en una relación verdadera, transformadora y constante con Él.
