Mantener la Fe puestos los ojos en Dios

Dios cumple sus promesas

Dios hizo una promesa: haría de Abraham una gran nación. Aunque hoy Israel no sea un pueblo grande en número, su nombre resuena con fuerza en el mundo. Todos, queramos o no, hablamos de Israel. Un país pequeño, atacado muchas veces, pero nunca derrotado. Es un testimonio vivo de la protección y bendición de Dios.

Dios prometió bendecir, engrandecer y proteger. También dijo que Israel sería una bendición para todas las familias de la tierra. Esa promesa sigue viva. Cada cristiano, al creer, entra en esa herencia. Somos parte de la familia de la fe, una familia que tiene su origen en Abraham, en Moisés, en Jesucristo.

Estas promesas no son solo historia. Se han cumplido, se siguen cumpliendo, y seguirán vigentes porque ese es el Dios al que servimos: un Dios fiel que promete y cumple.

Una promesa para nuestra Iglesia

Como Iglesia, llevamos más de veinte años creyendo en la promesa de un avivamiento. No es una idea pasajera. Es una palabra viva, latente, que espera cumplimiento. Dios nos ha escogido. Vivimos bajo Su protección, pero también con una responsabilidad clara: ocupar el lugar que nos corresponde.

La gracia que hemos recibido no la merecíamos. Es un regalo. No somos mejores que nadie. Si hoy podemos llamarnos escogidos, es únicamente por Cristo. Esa verdad debe llevarnos a vivir con humildad, pero también con propósito.

Dios nos ha dado poder. No para esconderlo, sino para usarlo. Debemos entrenarlo, vivirlo. Es tiempo de dejar el pecado y actuar como lo que somos: hijos de Dios.

Ser parte del mover de Dios requiere decisión

Dios está levantando un gran movimiento. No es para curiosos ni espectadores. Es para aquellos que desean vivir en Su voluntad y caminar en santidad. Podemos vivir sin pecado. No por nuestras fuerzas, sino porque contamos con el Espíritu Santo que intercede por nosotros.

Jesús vivió cada día en obediencia. Aprendió a no hacer nada fuera de la voluntad del Padre. Luchó, lloró, fue probado. Y venció. Nos dejó ese mismo camino. ¿Estamos dispuestos a recorrerlo?

No se trata de conformarse con “intentar”. Se trata de caminar decididamente hacia lo que Dios quiere hacer con nosotros.

Identidad espiritual y propósito

No somos cualquier cosa. Somos parte de un linaje espiritual. Sacerdotes llamados a una vida consagrada. Con acceso directo a Su presencia. Hijos con autoridad, con propósito. Esta identidad nos da dirección, pero también nos expone a un tipo de batalla distinta.

El enemigo no ataca a quien está detenido. Si sientes que todo se complica, que la presión aumenta, que hay pérdidas o rupturas inesperadas, puede que no sea un castigo… sino señal de que estás cerca. Muy cerca.

Cuando estás más cerca de la promesa

Muchas veces, mientras más cerca estás de lo que Dios prometió, más fuerte es la oposición. Justo antes de una gran bendición, parece que todo se desordena. Personas se alejan, caminos se cierran, circunstancias cambian. Pero nada de eso es casualidad.

Dios limpia el camino. Algunas personas cumplieron su propósito en tu vida, pero no pueden entrar a la siguiente etapa contigo. Él no permite que nadie se vaya sin razón. Lo que está haciendo es prepararte para algo extraordinario.

Recuerda: no hay crecimiento sin prueba. No hay promoción sin proceso. Si las circunstancias son difíciles, no te sorprendas. Quizás estás a punto de recibir algo que cambiará tu vida para siempre.

Refinando la fe

Dios no prueba tu fe para destruirte. La prueba no es castigo, es refinamiento. Él quiere que dependas completamente de Él, que dejes de mirar las circunstancias y pongas tus ojos solo en Sus promesas.

Abraham esperó años. Pedro se hundió al quitar la vista de Jesús. Nosotros también debemos decidir: ¿vamos a caminar por vista o por fe?

Aunque no veas el cumplimiento todavía… aunque parezca lejos… créelo. Espéralo. No te enfoques en lo que ves, permanece en Dios. Confía, incluso si todo parece en contra.

No te rindas

Dios cumplirá lo que prometió. Él no busca hacerte sufrir, busca enseñarte a confiar. Su fidelidad no depende de lo que sientes o ves, sino de quién Él es.

Sus promesas son más firmes que cualquier tormenta. Tu fe crece cuando decides confiar a pesar de todo. Así que no te rindas. Solo confía.

Mayor es el que está contigo que el que está en el mundo.

Dios te da paz. No como el mundo la da, sino una paz que calma el alma. Que no se turbe tu corazón. Que no tengas miedo. Porque si Dios lo dijo… Él lo hará.