El secreto de una vida en avivamiento está en mirar con los ojos del Espíritu Santo, que habita en nosotros.
Cuando miramos con ojos humanos, erramos; pero cuando vemos con la mirada de Dios, entendemos que nada es imposible, y comenzamos a vivir como nuestro Padre quiere que vivamos: desde lo alto, con fe, sin temor.
Cada día, debemos tener en cuenta al Espíritu Santo.
No desde una religión, no desde el miedo, sino desde una relación viva, libre, íntima.
El amor de Dios echa fuera todo temor (1 Juan 4:18), y esa intimidad se cultiva con el Espíritu, con pensamientos llenos de su presencia y los ojos del Padre en cada parte de nuestro vivir.
1 Juan 1:1-4
Nuestra comunión con el Padre y el Hijo se da por medio del Espíritu Santo.
Gracias a Él, ascendemos y somos parte de esa relación celestial.
Cuando oramos, oramos desde ese lugar, y no permitimos que nada pase por alto el diseño de Dios.
Juan 4:35-37
“Levanten los ojos”, dice Jesús.
El campo está listo.
La gente tiene hambre de Dios, quiere aprender de Él.
Dios nos llama a mirar desde arriba, desde Su perspectiva, no desde la lógica de esta tierra.
El hombre natural se queda en lo que ve.
Pero el espiritual discierne más allá.
Tenemos acceso a la cuarta dimensión, donde se mueve el poder de Dios.
En la tierra, sin el Espíritu, no hay poder real. Seguimos siendo naturales, sin comprender lo que Dios quiere hacer con nosotros.
Hebreos 11:1-3
La fe nos convence de lo invisible, nos permite entrar al lugar santísimo y operar desde el cielo hacia la tierra.
Es desde ahí que oramos con autoridad.
Recordamos el monte donde Abraham llevó a Isaac…
Subieron en un burrito, igual que Cristo.
Isaac cargó la leña, como Jesús cargó su cruz.
Y ambos subieron confiando ciegamente en la promesa.
Porque Dios no es hombre para mentir (Números 23:19).
Todo equilibrio verdadero para la vida proviene de Dios.
Aún la ciencia real necesita poner los ojos en Él para comprender la vida como es.
Nuestra vida cotidiana cambia cuando nuestros ojos, oídos y corazón se alinean con Dios.
Efesios 1:15-23
El entendimiento y la fuerza viene de Cristo resucitado.
El amor de Dios tiene altura, longitud y anchura… pero también profundidad.
Y desde esa profundidad, Su Espíritu actúa.
Él nos dio acceso, por la sangre de Jesús, a esa cuarta dimensión: los lugares celestiales donde habita el poder.
Ahí está la gracia, ahí está la Iglesia viva, ahí está Dios.
Zacarías 14:9
El Señor reina desde hace más de dos mil años.
El Padre le otorgó todo, y nosotros lo glorificamos.
Cristo glorifica al Padre, y el Espíritu Santo —nuestro maestro— nos conduce a glorificar al Hijo.
Hebreos 10:16-22
Cuando Cristo murió, el velo del templo se rasgó con un terremoto.
Ese velo que se rompió en la tierra representaba el acceso que Jesús abrió en el cielo.
Ya no hay más sacrificios, solo acceso e intimidad.
Esa intimidad produce testimonios verdaderos que glorifican a Cristo y atraen a otros a sus pies.
Efesios 2:4-7
Debemos morir a nuestros propios deseos, a los afanes y a lo que “yo quiero”.
Creo en lo que no veo, porque es Dios quien me habla, me honra y me hace partícipe de Su gloria.
Nuestro único mérito debe ser buscarlo… y perseverar en buscarlo.
Mateo 14:26-33
Pedro entendía que el poder está en la palabra de Cristo.
Pide la orden, y cuando Jesús se la da, camina sobre el agua.
Pero cuando desvía la mirada de Jesús hacia la tormenta, comienza a hundirse.
Jesús lo toma y le dice:
“Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
Aun en nuestra dureza o poca fe, Él está ahí…
Nuestro socorro viene de Jesús.
Jesús, al venir al mundo, lo hizo como hombre.
Y el Espíritu Santo obró en Él debido a su constante comunión con el Padre.
Ese es nuestro modelo, nuestro camino: vivir como vivió Cristo.
Mateo 5:8
“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.”
2 Pedro 3:14-15
Nos llama a vivir en paz, irreprensibles, con un corazón limpio para tener comunión con Él.
David venció a Goliat no con fuerza humana, sino con los ojos de Dios.
De otra forma, habría sido imposible.
Vivamos como David ante Goliat, viendo de forma constante a los ojos de Cristo, y entendiendo que solo podemos hacer eso en la intimidad con el Espíritu Santo, mirando a través de Sus ojos.
