No somos del mundo, somos del Reino de Dios

Debemos mantener nuestra casa limpia (nuestro corazón), pues en ella mora el Espíritu Santo, y a través de ella se manifiesta Jesucristo. El nuevo nacimiento significa que Dios coloca Su Espíritu en nuestro corazón y permanece habitando en nosotros. Somos regenerados y transformados totalmente, preparados para que Dios mismo habite en nosotros.

 

Somos espíritu vivificante, lo cual implica que llevamos vida a los demás. Muchas veces nos preguntamos: “¿Dónde está mi Espíritu Santo? No lo veo, no lo siento, no lo muestro”. Pero la verdadera pregunta es: “¿Dónde lo tengo yo?”.

 

Lo que cambia es el cuerpo, el cual será glorificado, ya no envejece y puede entrar al Reino de Dios. Todos seremos transfigurados y transformados en seres incorruptibles.

 

La Palabra se cumple completamente cuando la creemos. Es necesario “creer para ver”.

 

¿Cuál es la entrada para ser transformados y entrar al Reino de los cielos? Es manifestar al Espíritu Santo, quien es nuestra garantía. Él se muestra y vive en ti.

 

Debemos aprender a maravillarnos ante lo profundo y maravilloso del evangelio y de nuestro pacto con Dios. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están ocupados en que no caigamos en pecado. Debemos entender quiénes somos y comprender que no pertenecemos al mundo, gracias a Su garantía y a Su ministerio.

 

Debemos ser santos, porque el Padre nos santifica.

 

Vacía de ti mismo tus sueños, tus anhelos… vacíate de ti, porque Él quiere llenarte. Somos templo del Espíritu Santo, y, por tanto, es el Espíritu Santo vivificante quien nos llena y nos resucita, tal como lo hizo con Jesucristo.

 

Si no has tomado en cuenta al Espíritu Santo, es importante que lo enciendas y dejes de hacerlo sentir triste. Él estará feliz y te guiará, podrás hacer las cosas correctamente, y sentirás el llamado a ser bueno, a ser santo.

 

Si no lo pides, si no te interesa pedirlo, entonces no eres cristiano.

 

Somos cuerpos mortales, preparados para ser glorificados. Un cuerpo mortal santificado ya no puede ser igual; un cuerpo donde la mentira de que “todos somos pecadores” desaparece en lo más profundo de nuestro ser. Comprendemos que si el Espíritu Santo resucitó a Jesucristo, también lo hará en nosotros, y así podremos detener el abuso y el pecado en nuestra vida.