Jesucristo en nosotros La Nueva Vida

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

Mateo 5:3-11

Esto representa la herencia que Cristo nos deja.

El pobre en espíritu es aquel que reconoce que sin el Espíritu Santo no es nada. Cuando no tenemos nada, tendemos a pedir al Señor lo que necesitamos. De la misma forma, si somos conscientes de nuestra necesidad del Espíritu Santo, lo pedimos, y el Señor lo da.

 

El manso es quien obedece la voluntad del Padre. Jesús nos enseña que aprendamos de Él, que siempre hizo lo que Su Padre le dijo a través del Espíritu Santo. Es vivir en el propósito para el cual el Señor nos ha llamado.

 

Tener hambre y sed de justicia es desear ser rectos, actuar bien y no pecar más. Hambre y sed de santidad, y somos saciados, porque en el sacrificio de Cristo se nos dio el poder del Espíritu Santo para alcanzarla.

 

Es fundamental tener una relación con Dios, y solo los de limpio corazón pueden hacerlo. Nuestra relación con Dios es para ahora; nuestra santidad y limpieza de corazón son para el presente, en la plena certeza de fe.

 

Si eres hijo de Dios, debes ser pacificador: “Para pelear se necesitan dos; para vivir en paz, solo uno. Basta con que tú no quieras pelear, y ya eres un pacificador.”


Cuando decides pelear, es porque quieres influir o convencer a la otra persona, pero así no puedes agradar a Dios. Deja que el Señor haga justicia.

 

Ser justo a menudo causa incomodidad, siendo luz en medio de las tinieblas. Cuando eres luz, los demás se sienten afectados; quienes obran mal se burlan para defender su maldad. La luz expone lo que otros no quieren ver, y eso ofende, por eso te sientes rechazado.

 

Y después de todo esto, nuestra herencia es el Reino de los cielos. Con el Espíritu Santo alcanzamos la santidad. Aquellos que, reconociendo su pobreza, piden al Espíritu Santo y viven en santidad, ganan el Reino de los cielos. Esto es la prueba de que estamos muriendo a nosotros mismos y viviendo para Él.

 

El sacrificio de Cristo fue hecho para que vivamos en santidad. No podemos continuar pecando y colocando a Cristo en la cruz cada vez que pecamos. Debemos ser conscientes de Su sacrificio, de Su nivel de amor y entrega, y tomarlo en serio, practicando la santidad siempre. Tenemos que deshacernos de la mentira de que no somos capaces, y abrazar la libertad de hacer lo correcto.

 

Jesús, en su segunda venida, vendrá a buscar a los santos. Ya no tiene relación con el pecado; nuestro nuevo nacimiento es ahora.