Prédica de Cristianos a Hebreos

El Sacrificio de Cristo y Nuestra Respuesta

En el libro de Isaías, es Dios Padre quien habla. Jehová es nuestro Dios y nuestro Padre.

Isaías nació antes de Jesucristo, pero muchas veces escribió en pasado. Esto nos muestra cómo Dios tomaba a los profetas y hablaba a través de ellos, como si fueran un parlante de Su voz, sin tiempo, conociendo el pasado, el presente y el futuro.

 

Cuando Jesús nos limpia de nuestros pecados, quedamos en paz con Dios. 

Podemos orar por los enfermos y ver sanidad, Él tuvo que sufrir las llagas para que esto fuese un hecho. Cada latigazo que recibió fue una sanidad hecha para nosotros.

Si no sanamos, si no hacemos Su obra, todo Su sacrificio es en vano. Jesús vivió y sufrió la cruz para que oremos y veamos Su respaldo, Su amor manifestado en un trabajo serio y bueno a través nuestro.

 

Jesucristo no se defendió. Como un cordero, no abrió Su boca. Sin juicio ni cárcel, lo mataron. Sin engaño ni pecado, Dios lo usó para ser quebrantado y salvarnos. Nos dejó un linaje santo, formado en aquellos que creen, siguen y viven Su sacrificio con seriedad, santidad y manifestación.

 

– ¿Estamos dando fruto?
– ¿Está Cristo satisfecho con nuestra vida?
– ¿Valió la pena Su sacrificio en ti?

 

Piénsalo…

 

No podemos seguir abusando de este perdón inmenso o creyendo que lo merecemos. Cuando entendemos verdaderamente Su sacrificio, ya no es fácil vivir haciendo lo que queremos, sino que anhelamos que Su sacrificio valga la pena en nosotros.

 

Tener ídolos—cualquier cosa o persona que colocamos por encima del Señor—va en contra de Dios. Es lo primero que Él limpia en nosotros para transformar nuestro corazón de piedra en un corazón real, de carne, que siente y obedece.

 

Así fue el corazón de David: dispuesto a Dios. Cuando nos rendimos ante Él, Su Espíritu es puesto en nuestro interior. Es Dios Todopoderoso dentro de nosotros.

Por eso, debemos preguntarle cada día cuál es Su plan para nosotros, tomarlo en cuenta en cada momento, mostrar al Hijo y glorificar al Padre viviendo en Su voluntad por el Espíritu Santo.

 

Este cambio en nuestras vidas es radical.

Dios mismo coloca en nosotros la obediencia, la fe y el deseo de andar en Sus estatutos, para que a través de ello hagamos obras en Su nombre.

El Lugar Santísimo, el celestial, es donde podemos encontrarnos con nuestro Esposo. El enemigo hará todo lo posible para evitar que entremos, distraernos y aburrirnos. Pero allí, al estar en Su presencia, bebemos del Espíritu Santo, y de nosotros brotan ríos de agua viva.

 

Por medio de Jesucristo, Dios nos dejó el Espíritu Santo, estableciendo un Pacto sin límites ni excepciones. Nos da libertad de entrar a Su presencia. Este Pacto es el mismo para cristianos y hebreos, porque somos uno en Él, hijos del mismo Padre.

Dios no deja a nadie fuera, salvo que uno mismo decida apartarse.

 

Conocemos al Padre porque Jesucristo nos lo dio a conocer.

Dios no solo nos llama, sino que camina con nosotros.